La defensa del menesteroso

300px-Don_Quixote_3Recibida la investidura, el caballero novel se lanza al mundo en busca de aventuras con las que acrecentar su fama y deshacer toda suerte de agravios. Oficio del caballero es defender la fe católica, a su señor terrenal y mantener la justicia. Entre las máximas caballerescas se encuentra también la defensa del menesteroso, especialmente de viudas y demás mujeres, huérfanos y pobres desvalidos. En su ayuda al necesitado, el caballero se enfrenta con villanos, gigantes, monstruos o caballeros que encarnan la maldad, el engaño, la crueldad o la traición, principios todos ellos contrarios a la orden de caballería.

Don Quijote sigue sus pasos cuando acomete la defensa del muchacho Andrés o la liberación de la supuesta mujer raptada en la aventura de los frailes de San Benito (I, 8) o en la de los disciplinantes (I, 52).


uumvxfshqynplsvfvnjsrhytf.ZComo es de suponer, Cervantes está parodiando tópicos presentes en los libros de caballerías. Veamos un ejemplo de la defensa del escudero oprimido tomado de Clarián de Landanís de Gabriel Velázquez del Castillo, publicado en Toledo en 1518. Para liberar a un simple escudero que está siendo injustamente azotado, don Clarián  lucha con el soberbio caballero Quinastor:

Cuenta Vadulato de Bondimargue que un día don Clarián llegó ante un fuerte castillo que estaba puesto en un otero, y bajo en una vega cerca un río que por aí corría vido estar un gran caballero armado de unas armas jaldes y pardillas; el yelmo había quitado y tenía ante sí un escudero desnudo en camisa, colgado por los brazos de un árbol, y facíalo azotar a dos villanos con correas muy fuertes. El caballero le decía:
—¡Por buena fe, don mal escudero! Vos harés lo que yo os digo o morirés.
El escudero respondía:
—A Dios plega por su merced que yo pueda sufrir hasta la muerte las cruezas que en mí haces antes que por mí sea hecha traición.
Cada vez que esto decía le daba el caballero con una lanza que tenía tal palo en la cabeza, que la sangre le hacía correr por muchos lugares.
Cuando don Clarián esto vio, fue movido a tanta piedad del escudero, que las lágrimas le vinieron a los ojos y dijo:
—Agora veo el más desmesurado caballero que nunca vi.
Dejando la carrera que levaba y fue contra allá. Como a ellos llegó, saluó al caballero y díjole:
—Por Dios y por cortesía, señor caballero, no seáis tan cruel contra este escudero. Si vuestro es y os lo tiene merescido, castigaldo de otra manera en parte que no haga lástima a los que pasan por la carrera.
El caballero, que la faz había robusta, volvió con semblante muy soberbio y dijo:
—Don caballero, vos os tornad por vuestro camino y no digáis cosa alguna a quien poco precia vuestro ruego; que por buena fe, tanto de enojo me habés hecho, que en poco estoy de os castigar.
Don Clarián, que era muy manso y mesurado, respondió:
—Señor caballero, aunque por mi ruego esto no hagáis, hazeldo porque os ruego cosa que os está bien, que es no hacer villanía. Y de castigar a mí no curés, porque mejor haré yo lo que vos quisierdes por otra manera.
El caballero se ensañó desto más y dijo:
—¡Mal hayan vuestras razones, que por hablar poco acabarés comigo! Por ende, os id; si no, sed cierto que quitaré al escudero de donde está y porné a vos, y entonces os escucharé mejor.
A don Clarián le creció ya cuanto de saña de aquesto y de ver la gran soberbia del caballero y respondió:
—Sí Dios me ayude, don bravo y descortés caballero, yo quiero ver a cuánto se extiende vuestra soberbia.
Esto diciendo, metió mano a la espada y cortó la cuerda con que el escudero estaba atado. Como los villanos esto vieron, echaron a huir contra donde estaba el caballero, que por su yelmo que en otro árbol estaba colgado fuera; poniéndoselo en la cabeza, abajó la lanza y movió contra don Clarián, el cual lo salió a recebir y diéronse tan grandes encuentros que las lanzas fueron quebradas. El escudo de don Clarián fue falsado y eso mesmo la loriga, aunque no le prendió en la carne, mas las armas del caballero a la fortaleza del encuentro de don Clarián no tuvieron pro, que más de un palmo de lanza le entró por el cuerpo. El caballero cayó en tierra muy gran caída y fue la ferida tan mortal que luego rindió el spíritu.
Don Clarián volvió sobre él y, como vio que se no levantaba, descabalgó del caballo. Quitándole el yelmo, vio que era muerto y dijo:
—Si vos, caballero, quisiérades, esto fuera escusado, mas vuestra soberbia no os dejó hacer otra cosa y Dios por su merced quiera perdonar vuestra ánima.
Entonces puso sobre él una cruz de dos trozos de lanza y cató por los otros y vio que los villanos iban huyendo contra un bosque. El escudero se vino para él y echándose ante sus pies quísoselos besar. Mas don Clarián lo levantó diciendo:
—Amigo, a Dios Nuestro Señor agradesced vos esto y sin falla yo bien vos quisiera librar sin muerte deste caballero.
—¡Ay señor —dijo el escudero—, no os pese de haber quitado del mundo al más soberbio caballero que en él había!
Don Clarián le demandó cómo había nombre.
—Señor —dijo él—, Quinastor. Él me tomó cuanto yo tenía y me ha tenido en prisión seis meses dándome muchos días tales como este, por que doy muchas gracias a Dios y a vos que de tal cuita me librastes. Por ende, señor, vayamos de aquí, que en aquel su castillo están dos hijos suyos y mucha gente que si esto saben saldrán en pos de nos y nos matarán a todos. (Gabriel Velázquez de Castillo, Clarián de Landanís, Toledo, 1518, primera parte, cap. LXIIII; ed. citada: Gunnar Anderson, Clarián de Landanís. An Early Spanish Book of Chivalry by Gabriel Velázquez de Castillo, Newark, Delaware, Juan de la Cuesta, 1995, pp.164-166.)

orcespg-3En este otro ejemplo, tomado del Espejo de príncipes y caballeros de Diego Ortúñez de Calahorra, publicado en Zaragoza en 1555, podemos ver el tema de la defensa de la princesa raptada. El caballero Trebacio se enfrenta a unos gigantes para rescatar a la menesterosa doncella:

[Trebacio] sintió un grande ruido junto a sí. Y mirando por lo que era, vio un grande y entoldado carro, que cuatro caballos le traían. Y en lo alto dél venían dos grandes hachas ardiendo, puestas en dos candeleros de plata, a la luz de las cuales vio sentada sobre el carro una doncella vestida de muy ricas y preciadas ropas, y tan parecida a la princesa Briana que verdaderamente creyó ser ella; la cual, puesta la mano en la mejilla y los ojos bajos, iba muy triste y sospirando, como quien alguna cuita o fuerza padescía.
Y mirando por quien guardaba el carro, vio ir en su guarda dos grandes y desemejados gigantes con sendas hachas en las manos, los cuales iban a pie detrás del carro, con tan fiero semblante que grande espanto ponían a quien los miraba. Mas el grande emperador, que tuvo por cierto ser aquella la princesa, con un ánimo furibundo se levanta, y sin acordarse de llamar sus caballeros, con la espada en la mano se va para los gigantes. Y no se queriendo detener con ellos en palabras, al primero que llegó tiró un golpe con tanta presteza que no tuvo otro remedio el jayán para librarse dél sino alzar la hacha y recebirlo en ella, la cual cortó la espada muy dulcemente por medio de la asta, y de allí descendió por los pechos abajo, que todo lo que alcanzó de las armas lo llevó la espada. En esto llegó el otro gigante, y queriendo dar un golpe al emperador sobre la cabeza, él lo recibió sobre el escudo, y la hacha entró por él tanto quel gigante no la pudo sacar dél, hasta quel emperador le tiró un golpe a las manos por donde la tenía asida, y por miedo dél la hubo de soltar. Y aún no había tenido el emperador tiempo de tirar otro golpe cuando los dos gigantes, viéndose sin armas, con admirable presteza —más que convenía a sus grandes cuerpos— saltan en el carro. Y dando del azote a los caballos un enano que iba en el uno dellos, comienzan de correr con tanta velocidad que parescían volar. (Diego Ortúñez de Calahorra, Espejo de príncipes y cavalleros, Zaragoza, 1555, parte I, libro I, cap. VIII; ed. citada: Daniel Eisenberg, Madrid, Espasa-Calpe, Clásicos Castellanos, 1975, vol. I, pp. 65-66.)

 

[Textos extraídos de la edición digital de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, realizada por la Biblioteca Nacional de España y el Ministerio de Cultura; la edición digital de Don Quijote de la Mancha, realizada por el Instituto Cervantes y dirigida por Francisco Rico; la edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, dirigida por Andrés Amorós para la editorial SM; la edición de Don Quijote de la Mancha, realizada por Ángel Basanta, para la editoria Anaya.]
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