Cervantes, poeta

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Cervantes escribió en verso sus diez obras de teatro más extensas, dos entremeses y un gran número de composiciones que publicó sueltas en algunos cancioneros de la época y otras en sus novelas. Su única obra poética publicada fue el Viaje del Parnaso (1614), poema de más de tres mil versos con numerosas referencias mitológicas y simbólicas, en el que realiza una crítica, generalmente muy elogiosa, a los poetas españoles como Guillén de Castro, Quevedo, Góngora y Lope de Vega.

La poesía cervantina nos permite conocer y comprender la poesía que se hacía en la España del siglo XVIII. Cultivó tanto la poesía tradicional como la italianizante, usando una considerable variedad de formas métricas:  romances, villancicos o redondillas, en el primer caso; y tercetos, octavas reales, sextinas, verso libre y, sobre todo, sonetos, en el segundo caso.

En una época en que España alumbró los mejores poetas de su historia, que terminaron siendo algunos de los mejores de la literatura universal (Garcilaso, San Juan, Quevedo, Lope de Vega o Góngora), Cervantes se sintió inseguro componiendo versos, lo que, junto a su habitual capacidad para la autocrítica, le llevó a desacreditarse como poeta; en Viaje del Parnaso llegó a decir:

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.

……

Yo, socarrón, yo, poetón ya viejo

Cervantes fue un poeta desigual, al que le costaba mucho esfuerzo componer versos, frente a la facilidad natural de Lope o la maestría técnica de Quevedo o Góngora. La calidad de sus novelas oscureció su obra poética. A Cervantes le hubiera gustado triunfar como poeta y, lo que es más importante, haber sido reconocido por sus coetáneos, como un buen poeta, reconocimiento que no se produjo y que él asumió con resignación y notable franqueza; en el propio Quijote (capítulo VI de la primera parte), cuando el cura y el barbero están expurgando la biblioteca del ingenioso hidalgo manchego, y ante la aparición de La Galatea, Cervantes hace decir al cura:

“Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos.”

Pero Cervantes amó la poesía: admiró la poesía armónica de Garcilaso de la Vega, o el ingenio lírico de Quevedo, o la arrolladora capacidad creativa de Lope. En el capítulo XVI de la 2º parte del Quijote, encontramos un buen ejemplo de la alta consideración que del género poético tuvo Cervantes; es el momento en que don Quijote conversa con el Caballero del Verde Gabán acerca del hijo de éste, don Lorenzo, que quiere ser poeta, lo que incomoda y preocupa al padre; pero don Quijote lo tranquiliza, diciéndole que le deje hacer que:

“Aunque la poesía es ciencia menos útil que deleitable, no es de las que suelen deshonrar a quien la posee. La poesía, a mi entender, es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella.”

Algunos de los poemas de Cervantes aparecen insertos en el Quijote, aunque es verdad que muchos menos que en su teatro que es donde podemos encontrar la mejor poesía cervantina.

Cuando escribió el prólogo a su famosísima novela, advirtió que quería dar su libro al lector sin el “ornato” de los sonetos, epigramas o elogios que solían incluirse al inicio de los libros, según era costumbre en la época, y que él mismo había practicado en La Galatea. Lope de Vega afirmó que Cervantes anduvo por Valladolid pidiendo que le escribieran algunos versos para el prólogo del Quijote “sin encontrar a nadie tan necio que alabe a don Quijote”, en palabras de Lope. Cervantes escribió él mismo los poemas iniciales. Finge que los escriben autores diversos (personajes de libros de caballerías, como Orlando furioso o Amadís de Gaula, Oriana o el Caballero del Febo). Son poemas muy densos, salpicados de notas eruditas y referencias al mundo clásico, como si Cervantes quisiera hacer gala de conocimientos que en su novela no podría demostrar.

A Cervantes le faltó la frescura y la gracia que, como poetas, tenían otros escritores de la época. En El curioso impertinente afirma que un poeta, del que no dice el nombre  y que, probablemente, era él mismo, escribió estos versos resignados y notablemente amargos, en estructura de décima:

Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
con el cielo ha estatuido
que, pues lo imposible pido,
lo posible aun no me den.

Cervantes consideró este soneto como lo mejor de su obra poética:

¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza,
y que diera un doblón por describilla!
pues ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta braveza?

¡Por Jesucristo vivo!, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y riqueza.

Apostaré que el ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
el cielo, de que goza eternamente.

Esto oyó un valentón, y dijo: “Es cierto
lo que dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario, miente.”
Y luego incontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.