El Licenciado Vidriera

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El Licenciado Vidriera es una novela que comienza con bastante optimismo —un joven (Tomás Rodaja) quiere ganar fama por medio de sus estudios en Salamanca— y termina pesimista con la guerra de Flandes y la muerte del personaje central.

Es la primera Novela ejemplar de la colección en que el protagonista es rechazado por la sociedad. Esta alienación es un tema básico de toda la novela porque desde el principio Tomás se encuentra marginado o por su ingenio o por su locura. Aun al recobrar su salud mental, no le dejan tener una vida integrada en la corte.

“Perdía mucho y no ganaba cosa, y viéndose morir de hambre, determinó de dejar la Corte y volverse a Flandes, donde pensaba valerse de las fuerzas de su brazo, pues no se podía valer de las de su ingenio”

 

A diferencia de otras Novelas ejemplares, no figuran el robo, la libertad, las aventuras novelescas bizantinas, el dinero ni el amor. Sí hay un largo viaje (Italia, Flandes, Francia), pero no funciona para demostrar la fuerza o la virtud del protagonista. Hay referencias a la vida soldadesca, a los monumentos y ruinas de Roma, a las bellezas de Florencia y al buen vino italiano. No hay, sin embargo, un problema novelesco hasta que vuelve Tomás a Salamanca para dedicarse de nuevo a sus libros y estudios. Ya ha gastado ocho años de su vida en la Universidad y llega la hora de acabar los estudios “hasta graduarse de licenciado en leyes”. La segunda etapa de su vida se acaba también. Ya ha sido estudiante y viajero; ahora aparece lo novelesco, la etapa de su locura, seguida al final por su recuperación mental y su muerte.

Locura “vítrea” y crítica social

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Al volver a Salamanca Tomás vuelve al mismo tiempo a su viejo mundo de estudios, libros y palabras. Pero hay que insertar un problema en esta vida tranquila y familiar para lograr una novela, y Cervantes decide introducir un elemento lejos del mundo de los libros: el amor de “una dama de todo rumbo y manejo”. Ella trata de “conquistar la roca de la voluntad de Tomás” y al no poder hacerlo, le da un membrillo adobado para forzarle la voluntad. Tampoco da resultado porque Tomás enferma y casi muere, y a causa de ello se le seca el cerebro y queda “de la más extraña locura que entre las locuras hasta entonces se había visto”. No era como otros hombres porque creía estar hecho todo de vidrio. Sano de cuerpo, enfermo de entendimiento.

El castigo que recibe Tomás parece estar directamente vinculado con la preponderancia que concede al intelecto y con su incapacidad para sentir. Tomás ni siquiera sabe lo que son los sentimientos. La prostituta es demasiado humana y él casi inhumano. Quizá por ello, el veneno afecta a su mente, a su razón, y aunque le aviva el ingenio hace de él una persona vulnerable, desconfiada y obsesionada con la posibilidad de romperse en pedazos.

El cambio de fortuna se produce justo cuando el protagonista acaba de licenciarse en leyes, a saber, cuando ha concluido con gran mérito sus estudios y solo le cabe esperar el ansiado ascenso social a través del desempeño de la abogacía.

La fama que ganó antes por sus estudios en Salamanca se transforma en otra mayor a causa de su locura. Su lenguaje humanístico-estudiantil que usaba para comunicar con sus compañeros y maestros, se confronta ahora con el mundo exterior, un mundo ignorante, hipócrita y burlesco. No es posible la comunicación “normal”: la conversación no existe porque tal actividad implica un intercambio apoyado en el discurso de lo que no es capaz Tomás. Está más marginado que antes porque ahora ven los otros que es diferente:

“…le dieron una ropa parda y una camisa muy ancha, que él se vistió con mucho tiento y se ciñó con una cuerda de algodón. No quiso calzarse zapatos de ninguna manera, y el orden que tuvo para que le diesen de comer sin que a él le llegasen fue poner en la punta de una vara una vasera de orinal, en la cual le ponían alguna cosa de fruta de las que la sazón del tiempo ofrecía.”

 

Se viste como un fraile  o ermitaño y su contacto con el mundo no es directo sino a través de una barrera protegida. Esta barrera con el mundo es su locura y le permite hacer y decir cosas fuera de lo ordinario. Así comienza una larga serie de dichos y hechos que confirman su locura y su situación marginada. Un hombre de letras se ve como bufón de la Corte y castigador de gente cortesana. Tomás solo puede tener contacto con el mundo esporádicamente porque cada persona que encuentra forma un mundo en sí sin conexión con otras.

La locura de Tomás no le permite ver una continuidad en el mundo, pues este consiste en una serie de discontinuidades radicales que no pueden juntarse ni relacionarse. Así, El licenciado Vidriera no tiene una trama convencional, o por lo menos, no tiene trama como las otras novelas anteriores. Con la excepción de Rinconete y Cortadillo, los otros protagonistas se proyectan hacia un futuro deseado: Tomás se proyecta al vacío, al mundo de las palabras vacías. Como vidrio no puede hacer más que transportar un mundo caótico. No puede transformarlo ni traducirlo en materia para formar una vida íntegra ni integrante. No le queda más que la muerte porque no le dejan encontrar su vida.

“Yo soy graduado en leyes en Salamanca, adonde estudié con pobreza y adonde llevé segundo en licencias: de do se puede inferir que más la virtud que el favor me dio el grado que tengo. Aquí he venido a esta gran mar de la Corte para abogar y ganar la vida; pero si no me dejáis, habré venido a bogar y granjear la muerte: por amor de Dios que no hagáis que el seguirme sea perseguirme y que lo que alcancé por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo. Lo que solíades preguntarme en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os respondía bien, según dicen, de improviso os responderá mejor de pensado. “

 

No se le permite convertir un lenguaje humanístico-universitario en una actividad rentable. Ni puede destruir esa locura porque existe en las actitudes de sus clientes. Si las palabras no le facilitan la fama que buscaba, si transforma la acción sus deseos de eternidad en una trágica realidad. Muere por las armas porque no podía vivir por las letras, “dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado”.