La cueva de las maravillas

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La cueva es sin duda uno de los espacios más fantásticos de los libros de caballerías. Caracterizadas inicialmente como lugares oscuros, tenebrosos y laberínticos, las cuevas constituyen en muchos casos la entrada a un reino oculto, el umbral del descenso a una región subterránea misteriosa donde el caballero encuentra otro mundo. Este es el mundo de la maravilla, adornado con una arquitectura fantástica, ordenado y dirigido por sabios y repleto de encantamientos. En el interior de la cueva, algunos sufren crueles penas y transformaciones; otros, en cambio, placenteros encantamientos conservando la conciencia, sus amores y una eterna juventud, pues el tiempo parece detenerse para ellos. En algunos casos, como sucede con la visitada por el autor de Las sergas de Esplandián, la cueva es un lugar de supervivencia para los más renombrados héroes y heroínas caballerescas de la historia, que esperan revivir con todo su esplendor en tiempos venideros, esperanza que también tienen los pobladores de la cueva de Montesinos visitada por don Quijote (II, 23-24).

Saliendo un día a caza, como acotumbrado lo tengo, a la parte que del Castillejo se llama, que por ser la tierra tan pedregrosa y recia de andar, en ella más que en ninguna otra parte caza se falla, y allí llegado hallé una lechuza, y aunque viento hacía, a ella mi halcón lancé, los cuales, subiendo en grande altura, el uno por la vida defender, y el otro porque con su muerte esperaba la hambre matar, en fin, la lechuza, no podiendo más, en las uñas agudas del halcón fue puesta, de que no pequeña alegría mi ánimo sintió en los ver venir abajo. Pero un estorbo de aquellos que a lo cazadores muchas veces venir suelen, gran parte dello me quitó, y esto fue que llegado el falcón con la presa al suelo, fueron ambos caídos en un pozo que allí se muestra de grande fondura y de inmemorial tiempo hecho. Y como por mí que los siguía fue este desastre visto, turbado de tal desdicha, descabalgué del caballo, poniéndome en la orilla del pozo por mirar si con algún artificio el falcón podría cobrar. Mas como los desastres poco límite tengan en seguir unos a otros, sobrevenido con gran viento un turbón o remolino a aquella parte donde yo estaba, levantando los pies del suelo, en aquella gran fondura me puso, sin que ningún daño recibiese … No sé en qué forma al un cabo de los cuatro de aquel pozo una gran boca se abrió, de tanta escuridad, y a mi parecer de tal fondura, que con mucha causa se pudiera juzgar por una de las infernales.
Pues yo, espantado de la ver, no pasando mucho espacio de tiempo, pareció venir por ella una tan gran serpiente cual nunca los nacidos en ninguna sazón ver pudieron, la cual traía la garganta abierta, lanzando por ella y por las narices y ojos muy grandes llamas de fuego que toda la cueva alumbraba.
Así estuve un rato, sin que los ojos abajar osase, cercado casi de aquella claridad, la cual, como cesada fue, sintiendo yo quedar en la forma que ante estaba, abajé los ojos contra ayuso, queriendo ya ver el fin de mi triste vida, y no viendo la cruel serpiente, pareció delante mí una dueña en asaz edad, y a ella conforme vestida, y díjome:
 —Según en tu semblante parece, ¡qué gran miedo has habido! … Conviene que dejando el temor te vengas sin él conmigo, y mostrarte he tales y tan extrañas cosas que, aunque viéndolas comprehenderlas pudieses, tus ojos nunca las vieron, ni aun ver pudieran, faltando yo de ser la intercesora.
A esta sazón vinieron por aquella cueva dos enanos con sendas antorchas, que con mucha claridad alumbraban, y tornando por el camino que trujeron, la dueña y yo los seguimos. Cierto creo yo que nuestro andar todavía hacia bajo turase muy poco menos de dos horas, en fin de las cuales fuemos llegados a otra puerta, que salidos por ella hallamos cielo con muy claro sol, y tierra que parecía ser firme en que encima de una peña se nos mostró una muy fermosa fortaleza, acompañada de fermoso y alto muro y muy grandes y espesas torres … Entonces fuemos llegados a la puerta de aquel gran alcázar, que abierto hallamos, y entramos dentro. Guióme la dueña a la Cámara Defendida, la cual yo bien conocí por aquellas señales mesmas que en esta grande escritura ante fueron mostradas … Y entonces volviendo la cabeza, vi en dos sillas muy ricas, labradas de oro, guarnecidas de piedras de gran valor, asentados un caballero y una dueña, con coronas reales en sus cabezas … y poniéndome delante dellos, me dijo:
—Este caballero y esta dueña que aquí ves, sábete que es aquel Amadís de Gaula, de quien tan estrañas y tan famosas cosas has leído, y la dueña es Oriana, que se llamó sin par por no le igualar otra alguna en hermosura. Y estas otras, que en más altas y ricas sillas están, son aquel bienaventurado caballero Esplandián, amigo y servidor del Señor muy alto, y grande enemigo de los infieles, y esta dueña es la su muy querida mujer, Leonorina, emperatriz de Constantinopla…
—Quiero preguntaros a qué fin o por qué causa tenéis así estos reyes y reinas.
—Yo te lo diré —dijo ella— de buen grado. Ya sabes tú cómo yo fui presente en el mundo cuando estos lo fueron, y así sabes cuántas cosas yo por ellos fice, y el amor tan grande y obediencia que me tuvieron. Viendo pues que no se podía excusar que a la escura y triste muerte no viniesen, hobe yo gran mancilla que personas tan altas, tan fermosas, tan señaladas en el mundo en todas las cosas, la cruda y pesada tierra los gozase. Y tuve manera, como en uno, en esta isla que agora estamos, todos ellos fuesen ayuntados. Y yo con mi gran saber fice tales y tan fuertes encantamentos sobre ellos y sobre la isla … y la fin que desto yo atiendo es que la fada Morgain, que después de mí, pasando gran tiempo, vino, me ha fecho saber cómo ella tiene encantado al rey Artur, su hermano, y que de fuerza conviene que ha de salir a reinar otra vez en la Gran Bretaña, que entonces podrían salir estos caballeros, porque juntos con él, en mengua de los grandes reyes y príncipes de los cristianos pasados, sus sucesores, con gran fuerza de armas ganen aquel gran imperio de Costantinopla…
—Pues, señora —dije yo—, ruégovos, por vuestra bondad que dándome licencia deis orden cómo de aquí salga.
—Así se faga —dijo ella.
Y mandó a esa su doncella que me llevase consigo y me pusiese donde yo quería. Entonces ella, cumpliendo lo que le era mandado, se tornó comigo a la cueva que ya oístes, por donde anduvimos fasta ser en el fondón del pozo, y allí, haciéndome poner la diestra mano en un pequeño libro, fui preso de un muy pesado sueño. No sé yo por qué tanto espacio de tiempo fuese. Pero dél despertado me fallé encima del mi caballo, y en la mano el falcón con su capirote puesto, y el cazador cabe mí, de que muy maravillado fui, y díjele:
—Dime, ¿no volamos una lechuza con este falcón?
—No —dijo él—, que aun fasta agora no la hemos fallado, ni otra cosa que volar pudiésemos.
—¡Santa María! —dije yo—, pues ¿qué hemos fecho?
—No otra cosa —dijo él— sino llegar aquí donde estamos, donde vos tomó un sueño tan fuerte que nunca vos he podido despertar, así como estáis a caballo, tanto que pensé que alguna mala ventura era que de tal forma vos tenía casi como muerto.
—¿Qué tanto duró eso? —dije yo.
—Pasará de tres horas —dijo el cazador—, de que soy maravillado cómo vos acaeció lo que nunca fasta agora os vi. 
(Garcí Rodríguez de Montalvo, Las sergas de Esplandián, ed. citada, cap. XCIX, pp. 513-532.)

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