Los espadachines en el siglo XVII

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El capitán Alatriste es un excelente espadachín; no es raro que lo sea porque en su época los hombres  (y, como sabemos, en ocasiones, las mujeres) no dudaban en enfrentarse con su “espada ropera”  y su daga de mano izquierda a cualquiera que se atreviese a insultarlos.  Saber manejar la espada constituía en esta época la diferencia entre la vida y la muerte. Por eso muchos españoles decidían invertir algo de su tiempo en aprender el manejo de la “ropera”. Un arte que, por entonces, se denominaba “Destreza” y que fue perfeccionado durante años por varios maestros españoles.

En la época del capitán Alatriste existían dos tipos de duelos: los duelos formales, regulados por la ley y con normas prefijadas y los duelos clandestinos, sin normas y completamente ilegales.

Los duelos formales

Los duelos existían desde  la Edad Media;  eran un método habitual de resolver conflictos entre caballeros por cuestiones de honor. Estos duelos medievales se realizaban siguiendo unas normas muy estrictas: en un campo cerrado y mediante  un reglamento muy complejo. Los desafíos se celebraban a caballo, con armaduras y cada uno de los afectados llevaba consigo un número de hombres igual para que lucharan junto a él. Estos desafíos podían durar varios días.

Con el paso del tiempo, los desafíos fueron evolucionando y se pasó de combatir con enormes espadas blandidas a dos manos, a la lucha con aceros finos y dagas en el siglo XV, una época en la que España era considerada como la cuna del duelo. Esta nueva forma de batirse en duelo fue exportada por los soldados del Gran Capitán (los futuros Tercios españoles) quienes, durante su estancia en Italia, se percataron de que allí era bastante usual que los hombres se retasen si alguien les insultaba o les faltaba a la honra.

La honra es, como veremos, uno de los conceptos más importantes durante el siglo XVI y XVII. Consiste en la reputación social de una persona y exigía una actitud por la cual la persona se veía obligada a cumplir con sus deberes y con la palabra dada. En estos siglos se estimaba que cuanto más alta era tu clase social, más honra (con todas su exigencias) exigía. La honra se podía perder tanto por realizar actos innobles como por no actuar ante las ofensas. Una palabra ofensiva, un gesto de desprecio, dudar de la palabra de un caballero o una agresión física (grave o leve), bastaban para que se produjese un duelo. Curiosamente, una de las peores afrentas que se podía cometer contra otra persona era pegarle con un palo, pues se consideraba que era trato dado únicamente a las bestias y, por ende, era una forma de llamarle animal.

El duelo era un privilegio de la clase alta para resolver disputas que no podía o no quería solucionar por la justicia. Estos duelos “formales” estaban regidos por normas y auspiciados por la ley; los caballeros que se enfrentaban a los duelos se regían por el código del honor basado en referencias antiguas y en libros sobre el tema.

Todos ellos se debían a un código existente en cada país que señalaba aquello por lo que se podía retar a alguien. En el mismo se establecía qué acciones e insultos eran considerados «ofensas» y cuáles eran «cargos» (apelativos que no merecían un enfrentamiento a espada). Estos factores variaban dependiendo del lugar donde se sucedieses el agravio (no era lo mismo ofender o insultar a alguien en público y delante de testigos que en privado o en solitario)  y, por descontado, de la clase social del retador.  Y es que, los «duelos formales» (los regidos por el Estado) únicamente podían ser lanzados y aceptados entre personas de un rango social similar. En el caso de que, por ejemplo, un vasallo insultase a un noble, este último podía limitarse a castigarle físicamente u ordenar a sus sirvientes que le diesen una buena reprimenda a base de bofetones.

La forma más habitual de retar a alguien a un “duelo formal” era mediante la llamada “pega de carteles”. Esta consistía en poner panfletos en todos los lugares públicos en los que estuviera localizable la persona a la que se quería retar donde se le insultaba y se le advertía de que estaba retado. Así, el afectado no tenía más remedio que aceptar si quería mantener su honra intacta, pues todo el mundo sabía que había sido ofendido.

En el caso de que el duelo fuese aceptado, los dos contendientes debían pedir al rey de la región en la que se enfrentaran un campo adecuado para batirse en duelo.

Duelo con espadas ropera

A continuación, establecían si el combate sería a muerte o a primera sangre y –para terminar- las armas con las que decidirían sus destinos. Curiosamente, estos «duelos formales» contaban con testigos por ambos bandos, padrinos y hasta un árbitro. Este último velaba porque no hubiese juego sucio entre los duelistas y, una vez terminado el combate, la familia del derrotado no atacase al vencedor en venganza.

A su vez, en este tipo de duelos era la persona que había sido ofendida y desafiada la que seleccionaba los instrumentos con los que combatirían; además del lugar y la hora en la que se verían las caras si el monarca aceptaba. En ocasiones, el ofendido elegía las armas favoritas del contrario para ganarle “en su propio campo” y obtener de esta manera mayor honor, pero no siempre era así.

La importancia de los duelos oficiales fue determinante desde los siglos XIV al XVIII, pues entrechocar los aceros hasta que uno de los contendientes muriese era una forma (estúpida, es cierto) de demostrar quién llevaba la razón en una discusión. Por ello era tan importante saber manejar las armas, puesto que si perdías significaba que no tenías honor y habías mentido. Perder el honor era peor que perder la vida, ya que conllevaba el desprecio y el aislamiento social.

El duelo clandestino

El elevadísimo número de duelos y sus consecuencias humanas y económicas hizo que los Reyes Católicos vetaran esta práctica alrededor de 1480 de manera oficial.  Su decisión fue tajante: se penaría con la vida a los retadores, y con el destierro a aquellos que aceptaran el combate.

Esta medida no evitó que siguieran produciéndose duelos ya que los españoles, llevados por la equívoca idea del honor, preferían arriesgarse a morir a manos del verdugo que dejar que su honra fuera cuestionada. Por esta razón, los duelos pasaron a ser clandestinos, sin reglas ni árbitros. Se pasó de un combate reglado en un campo cedido por el rey con armas similares, a hacerlo en plena calle con aquello que se tuviera más a mano. Además, como retar a alguien estaba penado con la muerte, los duelos se realizaban cerca de las iglesias, de modo que los retadores (o el superviviente) podía “acogerse a sagrado”, es decir, ponerse bajo la protección de la Iglesia.

El «Capitán Alatriste» se enfrenta a un enemigo en un duelo clandestino

Con la llegada de este tipo de retos no formales, el pueblo imitó a los nobles y el duelo se convirtió en una práctica rastrera en la que los contendientes solían vulnerar las reglas que se habían pactado previamente. El honor desapareció del duelo ya que solo importaba ganar y se recurrió mucho al juego sucio: los duelistas rompían la regla de uno contra uno y se presentaban con amigos; a veces un duelista se presentaba en el lugar fijado para el reto unas horas antes y asestaba al retado una estocada por la espalda; se tiraban tierra a la cara; se compinchaban con amigos para arrojar al contrincante una maceta a la cabeza desde algún balcón, etc. Este tipo de duelo, el más rastrero, el que se celebraba a capa y espada en un callejón escondido, en plena noche, y procurando que nadie los viese, es el que se recuerda.

El sistema para retar a un duelo clandestino no podía ser, lógicamente, público, así que se dejaron de usar “carteles” y empezaron a usarse los “billetes”, notitas que se hacían llegar al retado y en las que se había apuntado un lugar, una fecha y una hora.

Las armas de los duelos

Como era una lucha sin reglas, las armas usadas eran de lo más variadas, aunque los duelistas iban siempre equipados por una espada “ropera” al cinto. Tal y como explicó el estudioso Van Vinkeroi en 1882, la espada era usada tanto para combatir, como adorno del propio traje.

b2cdf3e54a9968e0990eb08e9784e81cLas espadas roperas tienen al parecer origen español y aparecen con este nombre por primera vez en el inventario de objetos del duque Álvaro de Zúñiga, fechado hacia 1445. Su nombre procede precisamente por ser un distinguido complemento del atuendo personal, de la ropa, como muestra o símbolo evidente de fuerza y poder de su propietario. Solían estar fabricadas y decoradas con muy buenos materiales e incluso joyas. En principio, solo la usaban los reyes, los nobles, los caballeros de las órdenes religiosas, militares y otros señores e hidalgos. Luego se extendió a todo tipo de gentes, desde aventureros a ricos burgueses, sobre todo en las ciudades importantes donde este tipo de duelos eran frecuentes.

Había muchos tipos de espadas roperas, aunque todas tenían unas características comunes:

  • Tenían una hoja fina y estrecha en su versión civil (las espadas militares eran algo más cortas y anchas).
  • Todas contaban con una guarnición o guarda (la parte que se ubica sobre el puño, el lugar por la que se asía) con una pieza metálica que protegía la mano de las punzadas del contrario. Había tres tipos de guarnición: de taza, conchas o lazo.

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Con la espada ropera se solía llevar a cabo una esgrima de “punta”; es decir, lo que se intentaba con ella no era cortar con el filo al enemigo (que también se podía), sino pincharle en alguna parte vital del cuerpo. Esto solía

Junto a la «ropera» los españoles solían portar una gruesa capa que podían utilizar de forma sumamente ingeniosa en los combates.

Daga de vela (a la derecha)

 

No obstante, la capa y la espada no eran las únicas armas que podían aparecer en un duelo, sino que los españoles solían llevar también la denominada daga de mano izquierda o daga de “vela” (conocida de esta forma porque contaba con una gran pieza metálica en forma de vela para proteger la mano del portador). En El capitán Alatriste se usa el nombre “daga vizcaína” que era el que solía usarse en el lenguaje de germanía (el de los delincuentes).

Se cuenta que, durante los siglos XV, XVI y XVII, los españoles eran unos auténticos maestros en el uso de la daga. Así lo afirma un viajero francés de la época que -según afirman Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca y Catalá en su libro Los Tercios de España, la infantería legendaria– se deshizo en elogios hacia la destreza hispana de la siguiente forma:

«Los españoles se baten espada en mano, no retroceden jamás; paran el golpe con el puñal que llevan siempre y cuando hacen con él el gesto de tirar al cuerpo debéis desconfiar de la cuchillada; y cuando os amenazan con la cuchillada, debéis creer que quieren alcanzaros el cuerpo […] son temibles con la espada en la mano a causa de sus puñales […] he visto varias veces a tres o cuatro españoles hacer huir a varios extranjeros y echarlos por delante de ellos como a un rebaño de corderos».

Dos escuelas para acabar con tu enemigo

Empuñar una buena espada y una magnífica daga eran puntos determinantes para vencer en un duelo, pero no lo eran todo. La lucha con la espada requiere una técnica y, sobre todo, mucha práctica. En el asunto de la técnica surgieron desde finales del siglo XV unos manuales donde se reunían los principios básicos para enfrentarse al enemigo. Los libros de Jaime Pons (La verdadera esgrima) o Pedro Torre (El manejo de las armas en combate) iniciaron los tratados de un arte que resultó de aunar todas las técnicas y que fue denominado “Destreza”. En ellos, además de explicar las típicas posiciones que debía adquirir el cuerpo a la hora de combatir, se indicaban algunas “tretas” o jugarretas sucias para vencer y que estaba mal vistas por los nobles.

Luis Pacheco de Narváez, uno de los maestros que perfeccionó la «Verdadera destreza»

Con el paso de los años, algunos estudiosos españoles decidieron que aquella “Destreza” no era más que un conjunto de trucos disfrazados de arte y se propusieron usarla como base para crear la “Verdadera Destreza”: una escuela española que trata la esgrima con un fuerte fundamento matemático y filosófico. Esta escuela no se centra en técnicas concretas, sino en entenderla y explicarla como un conocimiento completo de las armas.

Los tratadistas españoles tales como Francisco Román (considerado como el hombre que puso las bases de esta «Destreza Verdadera») y Luis Pacheco de Narváez (quien la perfeccionó en 1660 en su libro Las grandezas de la espada) fueron dos de los nombres claves en la evolución de este arte. La forma de entender la esgrima de estos estudiosos impresionó tanto al mundo que, a nivel internacional, se empezó a identificar el arte de combatir a «ropera» con la «Destreza Verdadera». Junto a este nueva esgrima también nació un halo de odio hacia la escuela predecesora, que empezó a ganarse apelativos bastante desagradables.

 [El contenido de este post es una adaptación del artículo “Los secretos de los espadachines de los Tercios de Flandes al batirse en duelo” de Manuel P. Villatoro, publicado en ABC el 23 /09/2015)]
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