Libros de Galeras (1624-1748)

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Fotografía de Manuel P. Villatoro (www.abc.es)

Hemos estado estudiando y leyendo novelas picarescas del siglo XVII, en ellas, se alude con mucha frecuencia a la pena de galeras que sufren o temen no pocos pícaros. Recientemente, el Museo Naval de Madrid ha restaurado diez de los veinticinco “Libros de Galeras” españoles conservados.

¿Qué son los Libros de Galeras?

Los libros de galeras eran unos libros donde se registraba la dotación y el personal de una galera, que iban desde los oficiales hasta los esclavos. Carmen Terés Navarro, directora técnica de los archivos de la Armada, explicó para ABC en qué consistían estos excepcionales documentos:

“En estos libros quedaban registrados los nombres tanto de la “gente de mar”-la tripulación-, como de la “gente de guerra” -la guarnición militar del buque-. Por otro lado, también se apuntaba a la “gente de remo”, que estaba formada por los “forzados” -presos sentenciados a penas de galeras por un tribunal-, y los “esclavos”, que nunca serían liberados.”

Cientos de delitos podían ser castigados con la pena de remar durante años en los buques españoles (las galeras) como castigo. Estos libros que se han restaurado son especialmente interesante porque nos ofrecen innumerables datos acerca de los “forzados” a galeras, los galeotes.

“Lo que se apuntaba en estos libros era como una especie de DNI. Cómo no había forma de determinar quién era cada uno, pues no disponían de fotografías, se escribía en los libros de galeras su lugar de procedencia, de dónde eran sus padres, el delito que había cometido, y sus rasgos físicos más reconocibles. Además, al margen se ponía la condena que tenían, los años que debía permanecer en galeras y, al final, si era liberado”, determina Carmen Terés.

El periódico ABC, que recoge esta noticia, nos cuenta:

El trabajo de los escribanos de la galera era muy concienzudo, como muestra el extracto de uno de los tomos. Así, en el centro de la hoja se puede leer: «Sebastián Martin, natural de Antequera, algunas señales de heridas en la cabeza, ojos hundidos, sumido de carrillos, de 36 años. Fue condenado por el licenciado Don Alonso Velázquez Maldonado, alcalde mayor de la ciudad de Jerez, en seis años de galeras al remo y sin sueldo, y no los quebrante pena de cumplirlos doblados, por andar inquietando a una mujer casada haciéndole muchas molestias y haberla arrojado una noche por la ventana y haberse resistido a la justicia… Fue recibido en nueve de marzo de mil y seiscientos y sesenta y un años».
 

La pena de galeras era durísima, pero era muchas veces elegida por los delincuentes como alternativa a la pena de muerte o a la amputación de algún miembro como castigo por haber cometido un delito. De esta forma, se lograba una doble función, limpiar las superpobladas prisiones y conseguir mano de obra gratuita que propulsara este tipo de buque, accionado casi exclusivamente a remo.

Las condiciones de vida de las galeras eran terribles: los galeotes estaban encadenados a los remos y permanecían siempre sujetos al banco donde dormían, comían  y hacían sus necesidades. La pestilencia de las galeras era tal que se sabía que iba a llegar un barco por la hedor que desprendía.

Los galeotes recibían a diario un pan cocido y endurecido llamado bizcocho, un potaje de habas y su ración de agua. Las esperanzas de liberación eran mínimas. Solo si los suyos ganaban un combate o eran intercambiados por presos españoles. La historia del argelino Amete fue excepcional. Felipe IV le concedió la libertad el 11 de mayo de 1642 en un alarde de moderada magnanimidad: “Ha más de 24 años que me sirve al remo y que se halla de edad de más de 70 y sin poder continuarlo, suplicándome le haga merced de mandar y, quedando otro esclavo para que lo haga por él, sea puesto en libertad”.

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Modelo de galera menor o galeota en el Museo Naval/ Uly Martín (Archivo del Museo Naval)

 

 

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